La Generación Post Folclore: Los nuevos chicos de la música

Post Folclore

Tienen entre 20 y 30 años, Pinochet es para ellos un recuerdo lejano y la Up una prehistoria que miran sin horror ni idealizaciones. Mezclan electrónica, hard rock, música clásica y folclore. Prefieren a Violeta Parra antes que a Jim Morrison, pero son capaces de descifrar las conexiones entre ambos. Una generación sin ilusiones pero sin mayor resentimiento parece asomar la nariz lentamente.

Por Rafael Gumucio / Colaboración: Salvador y Mariana Young
Sábado 6 de mayo de 2006
Fuente: El Mercurio

Una confesión preliminar. Hablar de la generación que te sigue es siempre hablar de la propia, es de alguna forma revisar quién eres y quién no fuiste. El recuerdo, uno idealizado muchas veces, nos guía fatalmente cuando entramos en un mundo nuevo. Así, este artículo fue escrito desde los prejuicios y balbuceos de mi generación; esa que cumple, demasiado cómoda para ser del todo honesto, treinta y cinco y un poco más.

Una generación, la mía, que vislumbró la épica y el duelo, la dictadura, la transición y después la apertura, el dinero fácil y el dinero imposible. Una generación, la mía, que supo que el poder era posible, y la fama, y la casa con jardín, y después supo que todo eso tenía precio, una precio que a veces significaba renunciar a la fama, y a la casa con jardín. Y soñar con grabar en Nueva York y publicar en Alfaguara o Planeta, e irse de Chile y volver glorioso. Una generación que, en términos musicales, se podría llamar Álvaro Henríquez y los Tres. Una generación que después de odiar el charango y la guitarra de la izquierda, y el poncho de huaso de la derecha, redescubrió las cuecas bravas, y hasta los perfiles de nariz recta de la brigada Ramona Parra.

Es la generación del Liguria, hacia la que esta otra, la de los veintenarios, los hijos de la transición democrática, lanza una mirada fría y displicente. “Álvaro Henríquez le sirvió al folclore y se sirvió del folclore -dice Felipe Cadenasso del grupo Matorral-. Nosotros partimos de otra perspectiva. No nos adornamos de folclore, sino que tocamos lo que nos gusta escuchar sin importar de donde venga”.

Para Gepe -el nombre artístico de Daniel Rivero- Álvaro Henríquez y el revival del folclore que protagonizó es “la continuación de algo de antes. Es como un nuevo capítulo de la misma historia. Yo parto de otro lado. De hecho, a mí no me interesa rescatar lo auténtico, grabar a cantantes populares, sino que lo mío parte de los discos viejos que compro en Discomanía, en la plaza 21 de Mayo. Compro la música folclórica de los sesentas y setentas dentro de otra música de esa época que escucho”.

“En mi casa -sigue explicando- no se escuchaba folclore. Mis papás son de derecha, así que para mi no existía esa música. Cuando la escuché por primera vez fue completamente nueva para mí. Tan nueva como StereoLab. Me acuerdo que “Angelita Huillman”, de Víctor Jara me pareció música de otra planeta”.

El artista visual, musical, conceptual, Papa Frita -de verdadero nombre Francisco Tapia- tiene una aproximación más política al tema. “Para mí el folclore significa espíritu nacionalista. Por lo tanto cuando utilizo el folclore, estoy revelando con esta concepción del mundo por qué no estoy siendo purista, por lo tanto estoy jugando y destituyendo este concepto nacionalista del mundo. Es curioso observar que todos lo folclores se parecen”.

Pero en seguida, en un gesto típicamente generacional, rescatan canciones y discos de la generación anterior, deplorando sin embargo la tendencia de estos a hacer camarilla y a acaparar la atención de lo que queda de industria. “Los Búnker quieren que mucha gente tararee sus canciones -dice Gonzalo Planet, también de Matorral-. A nosotros nos interesa más la experiencia de hacer música que el resultado”.

LA EMPRESA Y YO

En el mundo de la música, la diferencia entre los jóvenes de hoy y los de ayer no es sólo de estilo o de discurso, tiene que ver con cifras, dinero, forma de hacer las cosas. El cambio no vino sólo desde el alma o el corazón de los miembros de la nueva generación, sino de una industria que un día perdió honor, dinero y prestigio en manos del MP3.

De hecho, Soulseek, Limewire y otros sitios medio clandestinos para bajar música e imágenes son la gran universidad de estos músicos. Ahí virtualmente encuentran, por nada o casi nada, grabaciones secretas de Lennon, de Violeta, videos del Festival de la Una o películas vanguardistas alemanas de los ’70. Todo lo que antes costaba años, viajes y mucho, mucho dinero conseguir, desde el computador de la casa lo pueden tener en pocos minutos.

El sueño de publicar discos en grandes disqueras internacionales ya tiene, ante la crisis total que atraviesan éstas, poco o ningún sentido. Tampoco tiene el mismo significado publicar en grandes editoriales o ir a grandes galerías de arte, cuando ya se sabe que el mercado es el mismo y el dinero a veces es menos que en las empresas pequeñas y puramente locales. De ahí a la autogestión hay un paso y la mayor parte de las nuevas bandas de música lo han dado.

Papa Frita, un joven que se ve a primera vista frágil y tímido detrás de sus anteojos de carey y los tatuajes que llenan su brazo, es parte del colectivo Los Jacobinos. “Nosotros organizamos tocatas y compilamos un disco que se llama Jacobino disco, en honor a los jacobinos de la Revolución Francesa. Buscamos ser radicales en la estética como ellos en la Revolución Francesa”.

Todo funciona como una cooperativa en que se reparten en partes iguales las ganancias. Diseñadores, artistas, videastas y sólo amigos de San Miguel se unen al proyecto y lo dejan y vuelven a unirse. ¿La ambición? Seguir. Un sello que no es del todo un sello, un colectivo que no es del todo un colectivo. Aquí parece no haber mayor diferencias y jerarquías entre Gepe, que ya tiene varios discos y bastante éxito, y la cantante Dadalu, que aún no edita su explosiva mezcla de folclore y hip hop.

Quemasucabeza tiene menos discurso y mística, pero funciona con el mismo espíritu de autogestión. Aquí son los músicos que se preocupan de conseguir locales donde tocar, hacer las portadas de sus discos, promocionarlos y hasta llevarles la contabilidad de sus bandas y la de los demás. Porque la mayor parte de los músicos de un grupo son también músicos del otro, porque hablar con uno de estos grupos es escuchar de muchos otros.

“Grabar es mucho más barato ahora -dice Gonzalo Planet, que es autor del libro de historia del rock nacional de los setentas y sesenta Se oyen los pasos-. Así que no necesitamos de los grandes sellos para hacerlos. Tenemos control total sobre lo que hacemos. Ir a todas las radios a promocionar, hacer las portadas, ver cómo vamos a vender el disco, es tan importante para nosotros como tocar”.

Para Cristián Araya, periodista treintañero y responsable musical de Radio Zero, que ha seguido con asombro y esperanza los primeros pasos de esta generación, se ha llegado al extraño fenómeno que un disco financiado por el Fondart sea por el resto de los músicos mal visto. “No son ni cínicos, ni son inocentes, piensan que si le va bien a uno les va bien a todos”.

“Sabemos que es imposible vivir bien de esto -explica Gepe-, por eso todos estudiamos otras profesiones”. Publicistas, periodistas, diseñadores, que son generalmente los músicos del grupo, usan los conocimientos y contactos de sus profesiones paralelas para su música. “No queremos ser pobres, pero tampoco ser ricos -dice Cadenasso de Matorral-. Somos aterrizados, informados, no nos volamos pensando en grandes proyectos imposibles, pero sí hemos pospuesto una vida más ordenada, con hijos, con casas, por la música”.

REGRESO DEL CHARANGO

Para Araya todo empezó cuando en un festival de Indie Rock, Javiera Mena, una estudiante de composición y música, se plantó en el escenario sólo con su guitarra. Corría el 2001, y el público en vez de abuchear a la menuda niña -tenía menos de veinte años para entonces- la transformó en un mito generacional.

En pocos años, Javiera Mena cambió dos o tres veces su sonido, incorporando cuarteto de cuerda, pianos, sampler. Aún no tiene 25 años y ya ha experimentado con todo tipo de música y músicos, pensando -quizás con ingenuidad- que no tenía que pedir disculpas por gustarle los Inti Illimani y Sonic Youth al mismo tiempo.

Para Gepe -que abrigado con un chaleco azul parece aún más joven que los 23 años que acaba de cumplir- la cosa empezó antes. Él tocaba batería desde los cinco años, había tenido bandas de hard rock, de hip hop, de lo que sea, hasta que escuchó a los Tobías Alcayota y se hizo fan de ellos.

No fue sólo la música lo que le gustó de esa banda, sino la extraña amistad que vivían los tres integrantes del grupo. Compañeros de curso en el colegio, estudiantes de distintas carreras, los Tobías Alcayota se desvivían en bromas internas imposible de entender desde afuera. A veces dejaban de tocar y mostraban diapositivas, cambiaban de estilo como de camisa, no llegaban a los conciertos, o llegaban sin instrumentos, y hablaban de una extraña enfermedad que habían descubierto, en medio de un público pequeño pero fiel que los seguía de concierto en concierto esperando ver con qué saldrían ahora los perlas.

“Conversabas con ellos y siempre te ibas a sentir excluido. No les interesaba la música y eso me gustaba”.

Tobias Alcayota inspiró a Gepe a fundar Taller Dejao con un amigo que detestaba el folclore, tanto como Gepe detestaba el rock pesado, la música que su amigo adoraba. Le pareció que su profundo desacuerdo musical podía ser productivo. Tocando el uno contra el otro se hicieron famosos en un pequeño círculo de pequeñas tocatas donde cientos de otros grupos se unen y se disuelven sin parar.

Esa velocidad alucinante en que los músicos intercambian instrumentos y estilo, o se convierten en videastas, o artistas conceptuales, o en simple figurantes de videoclips, es una señal distintiva del grupo generacional. Es difícil que uno de ellos no haya, antes de los 25, editado varios discos, exposiciones, libros, antología de sus obras o recopilado el trabajo de los otros.

Prueban de todo, ya sea en droga, en sexo, en rock, pero todo con cuidado médico, informados de los efectos y límites de lo que toman. “La única droga -dice Gonzalo Planet- que creo que la gente de nuestra edad odia es la coca. Es una droga que te vuelve solo, que te aísla, que te caga”.

Se resisten, como a la peste, a las definiciones, incluso cuando se trata de sus parejas. Conviven, se intercambian, son hétero, son gays, sin ruido y sin discurso.

EL MUNDO AL INSTANTE

El neofolclore, y el retorno a la guitarra y a lo propio es un movimiento mundial. En política, los nacionalistas conquistan el mundo, los libros hablan desde y sobre la patria, lo mismo el cine, la televisión o la música. En este último campo ya son portadas el venezolano norteamericano Devendra Banhart o el norteamericano Nad Navillus, todos nostálgicos de los setentas y al mismo tiempo intensamente contemporáneos.

“Lo nuestro no tiene nada que ver con lo de ellos -reflexiona Gepe-. Ellos parten de Bob Dylan, nosotros partimos de otro lado, de una cosa más de la tierra. De hecho, lo nuestro fue paralelo a lo de ellos”. Papa Frita es más beligerante. “Personalmente estoy contra el rock, pues el rock no tiene nada que ver con lo latinoamericano, con lo indio. No estoy tampoco por disfrazarse de huaso. De hecho odio disfrazarme de huaso o de mapuche. Para mí, buscar la identidad significa hacerlo desde la ciudad, para mí eso es el folclore. ¿Qué es ser chileno?”.

¿Qué es ser chileno? Parece ser una pregunta que obsesiona a todos y cada unos de los miembros de esta generación, que ha tenido como ninguna la oportunidad de viajar y contactarse con el mundo exterior.

“La música chilena -dice Gepe- siempre va a ser fome. Lo que hace la diferencia es la letra. Las de la Violeta o de Jorge González son duras, autodestructivas, son crueles, al hueso, justamente porque la música es fome. Porque somos fomes tenemos el potencial de ser geniales o ser nada”.

“Nosotros -agrega Papa Frita- que nacimos en dictadura, pero crecimos en democracia, queremos mezclar porque somos mezclados por esencia. También es importante remarcar que el folclore que más nos identifica es el mapuche que es el más viviente y es triste, no festivo”.

Gepe alaba sin ambigüedad y sin aparente ironía la precariedad chilena: “Somos una cultura pobre, una cultura de la carencia, eso es lo que nos toca usar como algo bueno. A mí me carga la música argentina que es tan extravertida, que tiene tantas palabras, tanto énfasis. A mí lo que me gusta de Víctor Jara es la contención, el silencio”.

“Por lo demás -dice Planet, ante la posibilidad de internacionalizar su música- Chile no es el paraíso, pero el resto del mundo tampoco está mejor. En Chile somos pobres, no nos va tan bien como quisiéramos, pero por lo menos los periodistas y la gente se interesan en nuestra música sin necesitar que un sello grande nos grabe”.

Y FINALMENTE: LA POLÍTICA

Víctor Jara y Violeta Parra, o Margot Loyola, quiéranlo o no sus nuevos seguidores, no es sólo música, es también discurso político, son también los restos de una batalla, la batalla de Chile. Gepe no escabulle el bulto, pero lo lleva a su manera. “La música es siempre política. Antes, cuando escuchaba ‘Yo no quiero a mi patria dividida’, de Víctor Jara, me daba rabia porque mi familia es de derecha, ahora me da escalofríos. Comprendo el conflicto, pero no puedo ser parte de él. Estoy seguro que hoy Víctor hablaría de política de otra forma, porque todas las referencias han cambiado. La Violeta me gusta más porque es menos ingenua, es una mujer que lo destruye todo, hasta a ella misma”.

“El folclore es siempre, desde sus orígenes -explica Papa Frita-, una forma de religiosidad pagana. El comunismo, que es también una forma de religiosidad pagana, se encontró a gusto en él. Nosotros no podemos creer tan fácil ni en esos dioses ni en los otros dioses. Nosotros nacemos en un Chile fuera de la acostumbrada dicotomía derecha izquierda y a partir de esto ponemos en dudas todas las otras dicotomías. Proponemos que con la música se puede decir todo, y se puede usar todo tipo de música para decirlo”.

Gonzalo Planet sólo lee ensayos, y sabe quién es Naomi Klein, la profeta anti globalización, pero no se traga ningún discurso, menos el de la apatía juvenil o el “no estar ni ahí”. Está inscrito en los registros electorales, y apoya lo que le parece bien del gobierno y rechaza lo que le parece mal.

“Yo tengo la impresión que somos más bien de izquierda ˇdice Felipe Cadenassoˇ, pero sin nostalgia por la UP, o por nada”.

¿Y la rebeldía, la sagrada rebeldía juvenil?

“Muchos vivimos con nuestros padres, es difícil ser rebelde así” ˇironiza Gepe. “Gran parte de la música que le gusta a esta generación es la que escuchaban sus padres ˇprecisa Cristián Arayaˇ. En gran parte, mucho de lo que hacen es un homenaje a sus padres”.

Esa falta de rebeldía y de conformismo, es lo que más impresiona al hablar con estos jóvenes. Hablar con Daniel, Francisco, Felipe o Gonzalo te hace sentir viejo justamente por la seria madurez con que hablan de sus locuras, con que explican sus obsesiones, con que razonan y debaten. Da vértigo, gusto y miedo verlos tomar tantas y tan razonadas decisiones, cuando falta aún que el tiempo decida por ellos.




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