La explosión de la música popular chilena

Evelyn Erlij | Fuente: EMOL

Mientras el cantante y compositor chileno Nano Stern estuvo la semana recién pasada en el festival Ethno Hist(e)ria, en Eslovenia, a la cabeza de una orquesta de noventa músicos, la banda de cumbia Chico Trujillo se paseó por Francia y Serbia, donde actuó en el Exit Festival, uno de los más importantes de Europa, a sólo semanas de tocar en Lollapalooza (EE.UU.) en agosto próximo. Juana Fe, creadores de la “afrorrumba chilenera”, anduvieron por España y Francia presentando su popular fusión musical. En febrero, músicos como Javiera Mena y Gepe y el dúo Dí«nver fueron alabados en el artí­culo “Chile, nuevo paraí­so del pop” del diario español El Paí­s. Ese mismo mes, la rapera Ana Tijoux estuvo a poco de ganar un Grammy.

Si usted no es de los que frecuentan el ambiente de la música chilena en vivo o no está muy conectado a las redes sociales, -¿ha escuchado, al menos, alguna canción de estos músicos en la radio o en la televisión? A no ser que escuche Radio Uno, donde sólo se toca música chilena, probablemente no. Hoy, sin embargo, salir al aire en alguno de esos medios no es condición ni sinónimo de fama, como sí­ ocurrí­a diez años atrás. En la era de Internet, el modelo de éxito de los años ’90 quedó en el pasado.

-Comencé a tocar en la escena rockera de Santiago hace diez años -recuerda el mismo Nano Stern, un músico que recorre festivales por el mundo y cuyo nombre en Chile, paradójicamente, no se conoce a nivel masivo-. Hoy lo veo como el ocaso de una época que alcanzó su máxima expresión en el éxito masivo de bandas como Los Tres y Lucybell. El rock chileno de los ’90, financiado por los grandes sellos internacionales, habí­a alcanzado la masividad y los medios así­ lo entendí­an. Pero entonces llegó Internet y trajo consigo el fin de la industria discográfica como se la conocí­a hasta entonces.

La oferta: géneros antes que individuos

Un primer efecto de ese cambio ha sido la multiplicación de corrientes y tendencias. El musicólogo Juan Pablo González ahonda en esta idea. “Con los recursos digitales, la autoproducción y la crisis de la industria discográfica, todos esos sectores independientes de la música popular chilena que estaban más invisibles ahora tienen una presencia en este circuito, en un panorama general dividido en compartimentos”.

Con esto se refiere a la enorme diversidad de la música popular de hoy, que abarca, entre otros, sonidos tropicales y bailables (Chico Trujillo, Juana Fe, Villa Cariño, Combo Ginebra), pop (Javiera Mena, Pedropiedra, Dí«nver, Francisca Valenzuela), hip-hop (desde Ana Tijoux hasta el circuito underground) y cantautores (Manuel Garcí­a, Chinoy, Pascuala Ilabaca, Camila Moreno). También hay géneros del recuerdo como el tango, el swing, el mambo y el foxtrot (La Orquesta de la Memoria, Flor de Orquesta, Santiago Downbeat), la cueca (La Gallera, Los Trukeros, Los Chinganeros), las raí­ces folclóricas (Manka Saya, Manuel Sánchez) y fusiones diversas, desde el rap-rock-jazz de Cómo Asesinar a Felipes hasta la mezcla de sonidos latinos y de Europa del Este de La Mano Ajena o la Banda Conmoción y el sonido electro-gitano-andino de Balkandes y Kali Mutsa.

-Chile siempre tuvo la tendencia a la diversidad, es una manera de vencer su aislamiento geográfico -plantea Juan Pablo González-. Mi hipótesis es que es a través de la música que Chile se contacta con el mundo. Esta tendencia histórica a recibir elementos de afuera es muy anterior al fenómeno de Internet, pero Internet lo potencia. Primero fue el cine, luego la industria discográfica, la genialidad de Violeta Parra fue hacer este cruce. Ella conoció el charango en Francia, casi desconocido acá, y empezó a tocar ritmos chilenos, un gesto de fusión muy de ella que impregna lo que será la música chilena y que dura hasta hoy. Violeta legitima aquello. “Gracias a la vida” es una canción muy representativa de lo chileno y sin embargo es un ritmo chilote tocado en charango, que habí­a conocido en Parí­s.

Carolina Benavente, doctora en estudios americanos y licenciada en historia y ciencia polí­tica, además de investigadora en estudios culturales, actualiza esa tendencia. “Diversidad siempre ha habido y siempre habrá, sólo que ahora hay más visibilidad e interconexión entre sus elementos. El mercado hoy tiende a funcionar en torno a géneros más que propuestas musicales especí­ficas”, dice, aunque también hay salvedades: casos como el grupo de cumbia Anarkí­a Tropical o la cantante y rapera Dadalú no caben del todo en esa diversidad. “Esta segmentación pululante es un espejismo de diversidad, en la medida en que las propuestas estética y socialmente liminales [transitorias, marginales] circulan con menos facilidad, como ocurre con Anarkí­a Tropikal (“cumbia”) o con Dadalú (“pop”)”.

El público: más especí­fico, más instruido, menos masivo

Según el informe de gestión de la Sociedad Chilena del Derecho de Autor en 2010, del total de derechos recaudados por músicos chilenos ese año sólo el nueve por ciento correspondió a música emitida por la radio. El panorama es muy similar en la industria discográfica, donde una cuota muy baja de músicos locales mantiene contratos con sellos disqueros internacionales. Los Bunkers y Myriam Hernández, fichados por la transnacional Universal, vienen a ser últimos vestigios del modelo que lanzaba al estrellato a ciertas figuras y convertí­a su música en fenómenos masivos y transversales.

-Hace diez años el gran público sólo respondí­a al influjo de los medios de comunicación masivos. Ahora pareciera ser que el público elige a sus artistas con criterios más personales -compara el cantante y compositor Manuel Garcí­a, que conoció esa época previa desde la vereda de la música alternativa, como parte de los grupos Coré y Mecánica Popular, y que ahora en cambio está en una situación más visible como uno de los solistas destacados de su generación.

-La música se ha hecho más diversa, y los públicos también -agrega Mariana Montenegro, también con dos perspectivas distintas, como musicóloga y también como cantante y tecladista del dúo pop Dí«nver, uno de los grupos chilenos que en el último tiempo han ganado gran cobertura en medios especializados españoles-. Con Internet el músico tiene la opción de recibir múltiples influencias y el público la opción de elegir qué escuchar. El público se ha hecho más especí­fico, más instruido y menos masivo.

-Estamos viviendo un momento explosivo para la música popular -observa Mario Rojas, cantor, cuequero, productor musical, realizador audiovisual y creador del sitio Cuecachilena.cl-. No sé si en algún momento de la historia habremos tenido una explosión así­. No sólo me refiero a la cantidad, sino a la calidad del sonido y los músicos. Eso no es un fenómeno particularmente chileno, sino uno que tiene que ver con la globalización y el desarrollo de la tecnologí­a, con el mundo en que vivimos.

Otro caso exitoso de crecimiento al margen de la industria tradicional es el quinteto de rap, rock y jazz Cómo Asesinar a Felipes. Su disco Un disparo al centro (2009), grabado con músicos de las Orquestas Sinfónicas Juveniles, acaba de ser editado en EE.UU. por el sello del músico Billy Gould, integrante de la banda Faith No More.

-La escena está en plena transición a una independencia en cuanto a libre albedrí­o musical -dice Marcos Meza, músico, compositor y pianista de Cómo Asesinar a Felipes-. Sentimos las ganas de liberarnos sin dar tanta importancia a que encaje en tal o cual tendencia, a favor de propuestas más auténticas y originales, y eso me agrada. El público en general ahora es más desapegado, lo que por una parte es bueno porque está más dispuesto a consumir música alternativa. Pero si te descuidas, no haces tu trabajo y aparece alguien al lado, corres el riesgo de quedar solo mas rápido.

Tres cuestionamientos: mezquino, estratificado, centralizado

Como productor de los recientes discos de Javiera Mena, Gepe y los citados Dí«nver, el músico Cristián Heyne conoce bien los alcances de esta nueva escena, pero subraya la diferencia entre el avance de los músicos y el comportamiento del público.

-El escenario musical actual en chile es diverso y turgente -dice-. Como paí­s productor de música, Chile ha tomado en estos años una inédita posición de ventaja en relación a sus vecinos. Sin embargo a nivel de consumidores Chile está a un nivel similar al del resto de América Latina; incluso creo que el consumidor chileno sigue siendo ignorante y mezquino con los músicos y el arte local en general.

Una segunda reserva es la que hace Pedro Aceituno, sociólogo, músico, realizador audiovisual del colectivo Obreros Visuales e integrante del grupo citadino de música nortina Manka Saya y de la banda de fusión andina y balcánica Balkandes. Aceituno se refiere a la estratificación de ese consumo musical.

-Es indudable que ha habido una diversificación producto de la apertura posibilitada por la tecnologí­a disponible. Pero el consumo sigue siendo profundamente estratificado -puntualiza-. La gran masa se mantiene escuchando música melódica-romántica, sea en clave de balada, reggaetón, cumbia o bachata. Si preguntamos por Banda Conmoción o Juana Fe, muy probablemente en la mayorí­a de las comunas de Chile no sabrán de quiénes hablamos, lo que no ocurrirá con Américo o La Noche, aun cuando los cuatro comparten la cumbia como clave en parte importante de su repertorio.

Aceituno cita como ejemplos de esa diversidad extendida a la banda santiaguina de punk irlandés Los Brindadores, la mezcla de gaitas, tambores y ritmos colombianos con guitarras eléctricas de Mákina Candela o las nuevas generaciones de luthiers especializados en ukeles polinésicos, balafones africanos y gaitas colombianas. Pero incluso agrega un tercer reparo: además de estratificado, el acceso a esa música está centralizado.

-Todo esto pasa en Santiago, centralismo amplificado. Serán fundamentalmente consumos “omní­voros” propios de parte de las clases medias y altas. Son universitarios, como gran parte de los cuatro mil que llevó la Banda Conmoción a la Industria Cultural o los seis mil que Chico Trujillo convocó en el caupolicanazo (el concierto que esa banda dio en el Teatro Caupolicán en 2010). Ciertas escenas se van consolidando. La tan mentada Nueva Cumbia Chilena, con su explosión de bandas, diversifica corrientes, estilos y, así­, audiencias. Pero analizando los escenarios y locales de baile, si nos alejamos del rombo formado por el Galpón Ví­ctor Jara en Plaza Brasil, la Plaza Ñuñoa, Bellavista y el Centro Cultural Amanda en Vitacura, el paisaje se tiñe de una monocromí­a reggaetonera.

Dónde oí­ esa palabra antes: el éxito y sus significados cambiantes

Hasta fines de los años ’90 la idea de éxito en la industria musical seguí­a asociada a los grandes sellos y se basaba en un impacto a gran escala y transversal a un público lo más amplio posible.

-La industria musical está obsoleta, por lo tanto la idea de éxito en ella también -deduce Mariana Montenegro-. Casi todas las bandas actuales son autogestionadas. Hay sellos, managers, productores, pero todo en grupos muy reducidos y sin gran capital. Creo que el músico de hoy tiene un objetivo más artí­stico que comercial y eso viene muy bien porque ahora hay público para casi todo. A pesar de esto, lo normal es que las bandas busquen ampliar su público.

Cristián Heyne conoce bien ese antiguo modelo, en su calidad de integrante de grupos de los años ’90 como Christianes y como productor del pop adolescente de Supernova y Stereo 3. Y puede contrastar ese conocimiento con su experiencia como socio de Javiera Mena en la actualidad: una cantante que, con una fuerte base en Internet, también se ha hecho oí­r en Argentina, México y España.

-Creo que la expansión está inherentemente ligada al éxito, sea en el mundo de las ideas, los negocios, la religión y otros, y la gran industria de la música no ha sido la excepción a esa lógica -considera Heyne-. Sin embargo con el quiebre del modelo de negocio, de circulación y consumo de música, se produjo un crack que dio espacio a un nuevo orden, que hasta hoy nadie ha logrado entender realmente bien. Quizás porque no se puede entender con un paradigma antiguo.

“El de hoy es un orden donde, por ejemplo, el underground ya no existe como antes”, continúa el productor, “o donde no sirve de mucho la figura de director artí­stico (cargo existente en las compañí­as disqueras, con una misión similar a la del “cazatalentos”) si finalmente es el mismo público el que decide amar u odiar una canción o un disco. El objeto artí­stico de consumo pareciera ser menos manipulable, al menos en la forma en que esa manipulación se hizo por décadas. Hoy es otro momento en la historia de la música”.

Un artista famoso al año: lo deficientes que somos

De todos modos persisten ejemplos de esos grupos o músicos con éxitos a gran escala, fenómeno conocido como mainstream o “corriente principal” en la jerga industrial.

-Sigue habiendo una constelación de propuestas de masividad que se apagan al ritmo cada vez más fugaz de la moda -dice Carolina Benavente-. Quedan las canciones, pero los artistas mueren, a menos que preserven una lejaní­a crí­tica respecto del show y una cercaní­a afectiva respecto de la tribu y sus mutaciones. Es lo que hace Chico Trujillo y lo que antes hicieron Los Jaivas, entre otros: artistas populares, más que masivos, y que pueden aspirar a llegar a mucha gente y a subsistir de esta relación, pero sin la urgencia del lucro.

Según Benavente el grupo de cumbia mexicano-argentino Kumbia Queers es un ejemplo. “Llenan un vací­o femenino en ese sentido, ya que el mercado local privilegia las figuras solistas”, dice. Y para Mario Rojas esos nombres de gran notoriedad son la excepción.

-Lo que me sorprende es la manera rápida en que se desintegró ese concepto de las bandas que trascienden a través de los grandes sellos y logran el éxito incluso internacional -dice Rojas-. Hay grupos que todaví­a aspiran a eso porque están aferrados a una cuestión nostálgica, pero somos un paí­s que produce un artista por año dentro de los grandes medios de comunicación: se podrí­a hablar de La Noche hace dos años y al año subsiguiente vino Américo. O sea, somos capaces de producir un artista a ese nivel. Eso habla de un mercado deficiente, pobrí­simo.

-Antes, la posibilidad de “vivir” de la música estaba exclusivamente asociada a la masificación ví­a una gran compañí­a, aspirando a una gran venta, pues el porcentaje para el artista era bají­simo, por no decir irrisorio -recuerda al respecto Pedro Aceituno-. Ya el hecho material de grabar era impensable y la distribución internacional simplemente imposible sin el apoyo de una discográfica. Hoy, con la industria en crisis, cada vez más agrupaciones musicales chilenas van de gira a Europa, optan por la autoproducción fonográfica y se asocian en ocasiones para la distribución con sellos pequeños. La gran mayorí­a de las grabaciones son financiadas por los propios grupos o solistas, muchas veces en sus estudios caseros cada vez mejor equipados.

-Pertenecer a una multinacional ya no es prioridad -corrobora el pianista Marcos Meza, de Cómo Asesinar a Felipes, un grupo cuyas cuatro grabaciones han sido editadas por el sello independiente Potoco Discos-. Hoy la imagen corporativa de los sellos grandes en Chile está tan amarrada a la estética noventera que formar parte de ellos genera cierto rechazo entre artistas y bandas más vanguardistas, sin desmerecer el gran apoyo que pueden brindar ni las posibilidades de negocios que generan. Pero con mucho trabajo se puede hacer un plan sólido para posicionar una banda de forma autónoma. Hay fondos concursables, prensa especializada, gente muy talentosa y dispuesta a dar lo mejor de sí­ sin miedo a correr riesgos.

Internet: hibridez y precariedad, coordenadas culturales criollas

Hay coincidencia en torno al rol determinante que ha cumplido Internet en estos cambios, como herramienta para recoger información e influencias y para crear, producir y difundir los resultados.

-Internet responde a una necesidad de tomar el sartén por el mango y apoderarse, dar identidad y una estética propia a un lugar que sirve para comunicar un mensaje -define Marcos Meza.

-A través de Internet se produjo la posibilidad efectiva de instalar un producto artí­stico en el contexto global, algo que no existí­a antes y que es realmente motivador -agrega Mario Rojas-. Lo que no cambió es la apetencia. Siempre ha existido esa necesidad de formar parte de redes y de géneros en el mundo.

-Internet democratizó la música -coincide Mariana Montenegro-. Se hizo gratuita, amplia y diversa; se crearon redes sociales que permiten a cualquiera subir y dar a conocer su música; se multiplicaron los blogs musicales. Hoy podemos tener influencias de cualquier tiempo, lugar y tipo. Y la democratización de la tecnologí­a es el principal aporte. Cualquiera puede grabarse en su casa y empezar una carrera, poco a poco. Para Dí«nver, Internet ha sido fundamental, con él empezó todo.

La consencuencia lógica es la difusión gratuita de esas producciones, agrega Pedro Aceituno. “Con ventas cada vez menos significativas de discos, sobre todo en paí­ses donde el presupuesto individual para actividad cultural, ocio o entretenimiento es comparativamente bajo, será cada vez más común ver discos liberados por los propios músicos en sitios de descarga gratuita, intentando ampliar su público para conseguir presentaciones masivas, principal fuente de ingresos”.

Carolina Benavente acaba de convocar a cuatro de estos nuevos exponentes a un diálogo al cierre del primer congreso organizado en Santiago por la Asociación Chilena de Estudios en Música Popular, en junio pasado: la cantante Dadalú, la rapera Kinética, el artista visual Voodoochild y el músico DJ Fracaso.

-Artistas como ellos exploran y cuestionan la relación con las nuevas tecnologí­as -dice Benavente-. Esta relación no sólo les permite hacer cosas con su obra, sino que la constituye en alto grado. Lo interesante es que lo hacen asumiendo las coordenadas culturales criollas de hibridez y precariedad, mediante prácticas tanto estéticas (collage, sampleo, mashup) como sociales (netlabels, copyleft, procomún).

“Creo que esta tensión explica que odiemos y amemos al ecuatoriano Delfí­n Quishpe”, continúa, en alusión al cantante que se ha expandido “viralmente” en la red con canciones alusivas a las Torres Gemelas (2001) o el rescate de los mineros chilenos (2010). “Más allá incluso de la música popular y del arte sonoro, otros exploran el circuit bending o creación de nuevos dispositivos musicales electrónicos ví­a reciclaje. En general, observo en estas obras una reafirmación de lo humano y de lo vivo a pesar y a través de las máquinas, y más allá del simple uso de una guitarra de palo”.

-Internet está cambiando de manera sustantiva las posibilidades de generación y circulación de contenidos -complementa Aceituno-. Toda obra es una pieza hecha con fragmentos de otras cosas, con acordes prestados, “robados”, como dirá con cariño Fito Páez al maestro Gandini en “su” versión de “Los mareados”. Así­, el acceso a otras tradiciones culturales genera una multiplicidad de mixturas, pero también un cuestionamiento de la propia tradición e identidad, de qué es la música “chilena”, qué es lo “chileno” de esa música, que es lo “indí­gena”, cuán indí­genas somos y cuánto hemos dejado de serlo, cuánto se transita en la aldea global, al menos en algunas comunas de la capital, y cómo en otras sobrevive agazapada la tradición ancestral más profunda.

El microondas o el horno de barro: en la red y más allá

Ejemplos como el nuevo boom de la cueca, la explosión de danza o la música andina de comparsa expresada en Manka Saya son ejemplos que para Pedro Aceituno responden a esa búsqueda.

-Cuando con Balkandes usamos un sample (muestra digital) de músicos italianos tocando charango chillador y hablando en quechua, estamos dialogando con esa reflexión desde la práctica. O cuando Juana Fe invita al Tyco Ramí­rez (fundador del grupo de lakas o zampoñas Manka Saya) a grabar en su disco, están haciendo suya parte de la tradición de las tropas de lakas de la quebrada de Tarapacá.

Y en buena parte se trata expresiones de antigua data recuperadas por medio de la red digital. “Me sorprende la generación y evolución de nuevos géneros antiguos como la cueca, la cumbia”, señala Mario Rojas, “que toman una personalidad y un sesgo de identidad que veo como parte de la globalización: el hecho de que los músicos deben responder a la necesidad de identidad, porque es una cuestión no sólo sociológica, sino también de mercado. Para proyectarse, para vender sus productos, los paí­ses necesitan identidad, y nos ha costado mucho entender eso”.

En relación con el surgimiento previo de la world music, “música del mundo” o “música étnica”, el mismo tema es puesto en perspectiva por el musicólogo Juan Pablo González, quien llama la atención sobre grupos chilenos como Flor de Orquesta o La Orquesta de la Memoria, dedicados a estos repertorios de antigua data.

-Aparece el concepto de la world music acuñado por rockeros ingleses en pequeños sellos con músicas africanas, orientales, latinoamericanas, y encuentran la autenticidad perdida, la instalan en el mercado y en la industria discográfica y abren un nicho -dice González-. La world music adquiere una dimensión histórica con grupos como Buena Vista Social Club, y en Chile empieza a aparecer El Baucha (el longevo cantor y cuequero Luis Hernán Araneda, de Los Chileneros), el ví­nculo con los abuelos, el interés de los que tienen veinte en los que tienen ochenta. Se busca una autenticidad perdida.

Tampoco todo gira en torno a la red, viene a decir Marcos Meza, quien además de su trabajo con Cómo Asesinar a Felipes tiene sus dos discos a la fecha, Piezas para piano y cuarteto de cornos (2010) y Fantasí­as fonéticas (2011), disponibles para su descarga libre desde su sitio oficial. Pero al mismo tiempo es un músico con formación de escuela y tiene en cuenta otras variables.

-Las influencias siempre han sido mayormente derivadas de las experiencias. En mí­ se hace más influyente una buena conversación con un músico que cien discos que haya escuchado bajados por ahí­ -distingue-. Y creo necesario incorporarse al lenguaje digital de libre descarga, pero a la vez considero vital mantener el proceso análogo de consumo: la edición de los discos, la venta del mano a mano. No es lo mismo calentar la comida en microondas que en un horno de barro.

El problema es el paradigma anacrónico: los medios

También hay coincidencia en torno al atraso con que estos cambios están siendo asimilados por la industria musical en Chile, considerada en el conjunto entre radios, prensa y lo que queda del negocio disquero tradicional.

-Los medios como formato no son el problema -dice Cristián Heyne-. El problema es el paradigma anacrónico desde el que los medios siguen funcionando. Internet cambió la lógica en que las personas se relacionan con la información y lo audiovisual que se pueda consumir.

Para Cómo Asesinar a Felipes la experiencia incluye además el contraste entre las buenas crí­ticas de parte de ciertas publicaciones y el desinterés de los medios principales en difundir la música.

-Los que están más distantes del panorama actual en música son los medios masivos -precisa Marcos Meza-. Radio, televisión y prensa escrita no han sabido aprovechar estos giros que están ocurriendo, ahí­ se produce el quiebre mayor. Existe una especie de “umbral sagrado” que se adjudican los medios, cuando en el fondo son una parte más del eslabón. Con mi banda, por ejemplo, no creo que tengamos canciones tan malas como para que no las pasen en radios de forma habitual, y lo mismo pasa con cientos de grupos. Por otra parte te dan a entender que estás haciendo las cosas bien: es raro.

-Creo que la prensa tradicional no está respondiendo muy bien a la nueva escena musical chilena -concuerda Mariana Montenegro, cuyo grupo llamó este año la atención del diario hispano “El Paí­s” antes que la de muchos medios chilenos-. Tienen que valorarte desde el extranjero para que te consideren importante. En cuanto a discográficas, están las grandes, que tienen pésimos tratos con las bandas, y las independientes, que tendrán que recorrer un amplio camino para ser consideradas por la prensa tradicional y las radios.

Ni la más mí­nima mirada a la música chilena: la radio

La misma cantante de Dí«nver alude a la barrera técnica que impide a muchos músicos llegar a las emisoras. “Las radios exigen cierta calidad en el sonido que, si no grabas en un estudio profesional, no consigues y punto. Por lo tanto en la radio sólo sonarán bandas que hayan conseguido las cosas con trayectoria o que tengan dinero para grabarse bien desde un principio”.

-Creo que lo que entendemos por industria hoy en Chile difí­cilmente podrí­a jugar dicho rol (en la difusión), ya que se trata de empresas lucrativas orientadas a la comunicación a escala masiva -dice Carolina Benavente, quien en el citado congreso de la Asempch se mostró en particular crí­tica de la lí­nea editorial de Radio Uno, emisora que pertenece al conglomerado Iberoamerican junto a otras ocho estaciones como Pudahuel, Futuro, Corazón y Rock & Pop.

“Hacia el año 2000 el proyecto de la radio Rock & Pop fue abortado, cuando estaba alcanzando su madurez, para dar cabida al mercado adolescente”, continúa Benavente. “Hoy la Radio Uno ofrece un simulacro de chilenidad, pues se basa demasiado en estereotipos. Los grandes consorcios propietarios de estos medios orientan la producción cultural musical chilena. Sospecho que la misma propulsión de la llamada música popular en el siglo veinte ha sido un gigantesco instrumento de control del sentido y el sentir de la población occidental. Afortunadamente los creadores han mantenido, mantienen y mantendrán circuitos paralelos con múltiples derivas socioestéticas, donde, en principio, cualquiera puede participar”.

-El fenómeno de la radio está marcado por una mirada que, primero, es un monopolio de las comunicaciones -coincide Mario Rojas-. Hay intereses comerciales detrás, sin entender que la especialización en las radios digitales como en EE.UU. es lo que está salvando esto. La radio en Chile está apuntando hacia el pasado, mientras los medios digitales vienen avanzando a una gran velocidad y van a modificar tarde o temprano de manera sustancial eso. Siento que vienen cambios drásticos en relación a la radio, que hoy no está asumiendo los retos como debiera, sino que está tratando de lucrar con esas pequeñas remesas propias de la estructura financiera de los medios de comunicación del pasado, y aparte de perjudicar a los artistas chilenos nos mantiene atados a un sistema muy provinciano, de estar ahí­ para servir los intereses de las grandes compañí­as. No hay ni la más mí­nima mirada a la industria de la música chilena.

Por qué murió Bastián Arriagada o los efectos de la “fractura digital”

Pedro Aceituno encuentra a su vez el ví­nculo entre el borde digital de este tema y el drama de la Cárcel de San Miguel en 2010. Es Bastián Arriagada, el hombre que quedó entre las ví­ctimas del incendio en el recinto, donde estaba preso por vender discos “piratas”.

-Bastián Arriagada murió en una sociedad que valora de forma significativa la defensa del derecho de los autores de fonogramas -dice-. La importancia de los artí­culos referidos a la propiedad intelectual en los tratados de libre comercio da cuenta de una industrialización que cada vez comercia menos objetos y cada más servicios y fundamentalmente “ideas”, como una canción, un diario en su versión digital o el rostro de un dibujo animado.

“Igual que el resto del mundo, Chile experimenta una fractura digital”, agrega Aceituno, con cita a Milad Doueihi, autor del ensayo “La gran conversión digital” (2010), “entre costumbres (prestar mis casetes) y posibilidades (transferir a un amigo, incluso de forma remota, todos mis casetes digitalizados en segundos) reñidas con una legislación asociada a la cultura impresa (y al derecho del impresor), que choca contra la era de la impresora, el quemador y el wi fi”.

-Los medios articulan discursividad y transmutan ideologí­a -concluye, y ahora cita el reciente episodio de uno de los shows policiales de la TV local-. Cuesta imaginar en otro paí­s de Sudamérica un capí­tulo de uno de los programas policiales de la televisión abierta, tradicionalmente dedicados a la “violencia”, encomendado a pesquisar los discos compactos y a detener a un DJ en un balneario. Eso nos ubica en un lugar particular en la región. Sony, Warner Music, BMG y EMI Music se fueron de Bolivia, un paí­s de una riquí­sima musicalidad, y de un bají­simo “consumo musical”, legal al menos.

Pirata es el que vende lo que no es suyo

-Los que entienden mejor estos cambios son los artistas que tienen una mirada de vanguardia -concluye Mario Rojas-. Estuve en el festival Primavera Sound en Barcelona el año pasado y me sorprendí­ de ver que Javiera Mena, Gepe, Pedropiedra o Chinoy lograron atravesar las fronteras a través de los medios digitales y tení­an un público que los conocí­a, los admiraba y los iba a ver. Falta que en Chile la gran masa se entere de quiénes son esos personajes. La música de esos artistas apunta a ese mundo global, también con una fuerte cuota de identidad, y es ahí­ donde está el futuro de la música popular.

Cristián Heyne tiene directa relación con lo que Mario Rojas vio en ese festival: Mena (2010), el nuevo disco de Javiera Mena, fue editado por Unión del Sur, etiqueta independiente que la propia cantante y Heyne crearon en Santiago como respuesta a las engorrosos requisitos para acceder a los sellos y disquerí­as tradicionales. Y tras un acuerdo entre Unión del Sur y el sello madrileño Federación de Universos Pop, el disco fue editado en España.

-Unión del Sur es una estructura muy simple y austera generada para administrar la carrera de una cantante, y cuyo marketing, así­ como el de muchos artistas de esta era, tiene costos iniciales muy bajos -explica Heyne-. Hemos declinado trabajar con muy buenos artistas, porque sólo podrí­amos tomarlos si tenemos la certeza de ser responsables con sus proyectos. Y eso pasa por tener más recursos. El paso que debiera venir es generar recursos a través de alianzas con editoriales de música, empresas de booking de shows (dos áreas de la industria de la música que en ningún caso están en crisis) y obviamente con marcas. Y bueno, todo pensado de un modo regional, no sólo local.

-Me sorprende que un artista como Nano Stern, que recorre festivales por el mundo, toca con grandes músicos y hace composiciones de un altí­simo nivel, en Chile prácticamente nadie lo conozca -agrega Mario Rojas si hay que poner otro ejemplo-. Eso habla del nivel de provincia de nuestros medios de comunicación. Vivimos aislados en el último rincón del mundo con ese estigma provinciano, nuestros medios son de una aldea, muy pobres en ese sentido. Frente a la gente que aparece en TV, la farándula, por otro lado está la gran esperanza de los artistas de vanguardia, con un conocimiento de lo que pasa en el mundo y que nos hace pensar que realmente Internet viene a salvarnos de la mediocridad.

-Como joven yo bajé y sigo bajando mucha música de Internet, y honestamente no me siento pirata -dice a su vez Nano Stern-. Pirata es el que vende lo que no es suyo. Y además de hacer pebre la industria discográfica, la www implicó un cambió aún más trascendental: la democratización del acceso al contenido. Eso conlleva un cambio de actitud, porque ahora que todos podemos hacer discos, ya no vale creerse cuentos. Ya no hace sentido el personaje del rockstar lejano y épico, no se sustenta sin la coraza de megaproducción que sólo pueden dar las grandes corporaciones y sus profundas arcas. Esta nueva realidad ha crecido desde dentro de la sociedad, y los poderes han cambiado de lugar en silencio, pero drásticamente.

Los hechos lo confirman: Nano Stern termina de teclear estas respuestas en algún computador portátil en Eslovenia, tras su actuación en el citado festival Ethno Hist(e)ria, hasta donde llegó luego de más de seis años de giras autogestionadas. Y desde Eslovenia desliza una cita a Violeta Parra ví­a mail.

-Está por verse lo que pueda pasar. Pastelero a tus pasteles, dicen. Yo por mi parte prefiero seguir haciendo música y no darle tantas vueltas.

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