Fiskales Ad-Hok, no matarás a tu prójimo.

Ellos están aquí­ para reventarte los oí­dos desde el escenario. Si les pasas unas cervezas está todo bien, porque no existe una botella de más. Son marginales y están muy disconformes. Pero ante todo, son buenos tipos, caballeros andantes luchando contra los canallas y sus canalladas.

Archivo Local: Fiskales Ad-Hok, no matarás a tu prójimo.

Por Felipe del Solar | Fotos: Valeria Zalaquett
Fuente: Revista Rock & Pop, N-º 1, junio de 1994, pág. 13 – 15.

En vivo los Fiskales Ad-Hok suenan como una bomba cayendo desde el escenario. La guitarra y el bajo distorsionados y pesados; los ritmos variados frenéticamente a cada instante, Abajo grupos de punkies corriendo de un lado a otro, como tratando de estar justo en el punto donde esa bomba va a estallar. El escenario utilizado como trampolí­n para saltar al baile del pago y para lanzar a gritos las letras irónicas, desvergonzadas y desencantadas.

Se trata de un cuadro que ha transformado a esta banda en un mito, una leyenda del circuito under. Su fuerza desborda por los parlantes transmitiendo ondas intoxicadas por el alcohol. Esas ondas han golpeado a toda una generación de jóvenes identificados con la violencia marginal, pero han traspasado los limites del circuito que los vio surgir hace siete años. Con todo, mantienen viva la potencia de sus orí­genes.

“La piedra suda en mis manos, si te descuidas te apedreamos”, dice la letra de “Ten Piedad”. El volumen, los sonidos enrarecidos y la velocidad de la guitarra parecen incitar a la violencia, la rabia, el odio, la anarquí­a y el descontrol. En realidad, la música es una metáfora, es el punk lúcido, un reflejo sin consideraciones de lo que pasa alrededor de los Fiskales.

Pero dentro de esta aparente anarquí­a existe una moral difundida entre lí­neas. “Nuestro ideal es ser consecuentes con lo que decimos. Nos gusta ser un poco como lo que enseñan todas las religiones pero que nadie cumple: no pasar a llevar a tu prójimo, no hacer daño a los demás si no querí­s que te lo hagan a ti. O sea, no ser canalla como los pacos que le sacan la cresta a la gente o los curas que predican y no practican, o el dueño de Mitjans que nos vende esa huevada de copete”, dice Álvaro (voz).

En fin, los Fiskales son unos profesionales del caos. Se paran arriba del escenario y despliegan todos sus atributos musicales e irónicos, pasando su mensaje con toda la claridad de un golpe directo. Pero basta con que vuelvan a bajar para que sean otra vez tipos sencillos, tranquilos, risueños y algo borrachos. Simplemente, se dejan llevar cuando están frente a su público. “El profesionalismo es tocar lo mejor posible, tocar con la mayor onda que podamos disfrutar del recital, eso es todo para nosotros”, dice el Ví­bora (guitarra).

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DEMASIADO LEJOS DE LA PORTADA

Una noche de mediados de abril los Fiskales dan un recital en la Universidad de Antofagasta, como parte de la semana mechona. Llegaron el dí­a anterior luego de un mortal viaje de 21 horas en bus, pero siguen sonrientes. Nada de estrellas mimadas del rock.

Se alojan en una residencial sin room service, así­ que hay que ir a comprar algo de cerveza a la esquina. Eso para pasar el rato, porque en la noche habrá fiesta para todos y schop gratis para ellos.

El dí­a del concierto están citados a las 2 de la tarde para realizar la prueba de sonido, que comienza recién a las 10 de la noche. “Esto pasa cuando vienes a tocar a provincia”, dice el Roli (bajo), pero nadie pierde el buen humor. El Ví­bora, que sufrió un ataque de ira momentáneo por el atraso, dice que “el hecho de tocar nos pone muy efervescentes siempre y salir a otra ciudad, más todaví­a”. Por eso lo hacen cada vez que pueden. Sienten la necesidad de tocar todo el tiempo, porque para ellos eso lo es todo. Como dice el Micky (baterí­a): “tocamos para que se conozca lo que decimos y nos sentimos mejor con más gente a nuestro lado”. Esta vez el público no supera las 250 personas. Tal vez porque los Fiskales empiezan a tocar después de la una de la madrugada. Ellos, para pasar el rato, se bajaron una botella de whisky Dawson y algunas de las cervezas que tení­an para el escenario. “Nada de hierba el dí­a del recital, dice Álvaro, porque si no, una vez arriba (frente al público) me da vergüenza”.

Todo está atrasado, pero ellos no sienten la necesidad de exigir nada. Se quedaron sin conocer la Portada de Antofagasta que todos querí­an visitar, pero están tocando y eso los deja más que satisfechos.

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DE RAZA DISCONFORME

Todo el mundo necesita un modelo. Muchas veces lo más cercano son las bandas de rock que hablan, actúan y se visten más o menos como a uno le gustarí­a. Pero todo tiene un limite. Los excesos muchas veces llevan a cometer errores.

“Es peligroso lo que los chicos leen de sus grupos, hay muchos que asumen actitudes por lo que leen o ven de una banda”, dice el Ví­bora, refiriéndose a un joven que se les acercó una noche de fiesta y los miraba como verdaderas estrellas. Los Fiskales se sienten incómodos con ese tipo de actitudes. Aunque, por supuesto, se sienten bien con las muestras de afecto, prefieren confundirse con el resto y conversar como tipos normales.

Dice el Roli: -“Somos parte como de una raza que hay en el mundo, de gente que está disconforme” y los Fiskales están dedicados a satisfacer las necesidades de unidad de esa gente, de que sea tomada en cuenta por alguien. “Los chicos tienen muy pocas cosas: tienen el estadio, tienen las bandas y tienen para chupar en la calle con los pacos persiguiéndolos. Entonces hay que cuidar lo poco que hay, loco”, explica el Ví­bora. En un recital de los Fiskales, muchos jóvenes ven expresada su frustración y, durante las dos horas que dura la música, forman parte de algo que les pertenece realmente.

A los Fiskales les molesta mucho que la gente se pelee durante sus conciertos. Eso les parece un punto flaco en la unidad que buscan generar entre el público. También rechazan la violencia en los estadios, aunque la comprenden perfectamente. Sentencia el Roli: -“molesta ene que la gente se pegue en los recitales, nos encantarí­a que eso parara y que se acordaran de sus ideales, que no hagan más subgrupos de este pequeño grupo”.

Lo primero que se entiende del discurso de una banda son las letras de sus canciones. Escritas por la alcoholizada mente de Álvaro, las de los Fiskales se caracterizan por su ironí­a y desenfado. Son textos de una mente anárquica y risueña, pero también un poco depresiva y desencantada, capaz de hacer asociaciones como: “Y gracias a la Madre Patria, gracias a la Puta Madre”.

El resto del grupo también tiene algo que decir. –“Esta vida no ofrece mucho más que la posibilidad de luchar por mantener lazos de amistad y relaciones que te permitan pasar por esto un poco más positivamente”, dice el Ví­bora. Para ellos esos lazos están en su banda, que es también su grupo de referencia y hasta su familia. Su visión pesimista del mundo tiene un antí­doto en el rock que hacen todos los dí­as y en divertirse con el público desde el escenario. Pero sobre todo en estar juntos y tratar de ser “seres humanos, en todo el sentido de la palabra”, dice Álvaro. Lo que buscan es entibiar un poco la frialdad del mundo, estando juntos y bebiendo uno que otro traguito. Formar una tribu como dicen ellos y mantenerse apartados de todo para vivir de la forma que creen que vale la pena. “Como Asterix encerrado en su pequeña aldea, evitando que entren los romanos”, explica el Roli.

Y dentro de la aldea lo que más hay es música. –“Muchas veces los grupos de rock están supliendo cosas que no te entregan ni la polí­tica ni la familia ni la iglesia. Uno los busca porque son gente que está hablando de tus cosas, Tenemos un referente muy parecido“, agrega el Roli. Aunque ese referente no es necesaria o exclusivamente musical. Para enganchar a los Fiskales no importa si a uno le gustan o no los Bad Religion, Sepultura, Metallica, Misfits o The Smiths (de hecho el Micky escucha la Rock & Pop y es hincha de la Católica), pero sí­ importa hacer las cosas bien y tener éxito sólo si lo mereces. Sin duda todos los años de experiencia de la banda hicieron posible que desde el momento en que Jorge González -quien se encontraba con ellos en el estudio- les propusiera realizar el cover de Pa pa pa”, de Los Prisioneros, hasta que quedara grabado, pasaran apenas 15 minutos.

Así­ también reconocen el talento y el triunfo merecido de otros. Por eso todos están muy afectados por la muerte de Andrés Bobe, porque lo respetaban como músico y como persona, aunque compusiera en un estilo totalmente distinto.

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NO SÓLO DE DEMOCRACIA

“Está todo mal”, dicen los Fiskales cada vez que pueden. Lo dicen en broma, como una forma de exageración de todo lo que sucede a su alrededor. Si falta una cerveza cuando están todos secos en la pieza de la residencial y nadie quiere salir a comprar una, entonces -“está todo mal”. Más que pesimismo, es una manera de ser radical, la misma que se encuentra en su música y sus letras. Tampoco es un llamado a la violencia, de la que son contrarios. Se trata sólo del punk: un reflejo de lo podrido de la sociedad, presentado sin máscaras. El Ví­bora es aún más tajante al respecto: –“no creo en la demagogia de ningún tipo y menos en la demagogia de un cantante de rock”. Con esa misma lucidez se suben al escenario y tocan y gritan y suenan con toda la falencia que pueden conseguir.

Jugando a cambiar lo que está mal en el mundo, todos coinciden en que lo que más les molesta es la Iglesia y su moral. No la religiosidad, las creencias o la fe, que eIlos respetan, pero sí­ el poder que ostenta la jerarquí­a eclesiástica. –“La Iglesia es más chueca que la cresta”, dice el Micky y agrega, –“la Iglesia está siempre demasiado cerca de la ley”. Y basta recordar qué opina Álvaro acerca de aquellos que la resguardan. Pero como no pueden cambiar eso, se dedican a tocar y aunar jóvenes que tienen inquietudes similares. Por eso van a tocar a Antofagasta donde “hay un grupo de chicos que vive acá que está disconforme y se ve quienes son”, dice el Ví­bora. Para divertirlos un par de horas y hacerlos sentir parte de un movimiento. “Tocar para tres tipos que no te conocen y luego quedan prendidos, es importante también”, agrega.

No se trata de lavar cerebros, sino sólo de remecerlos un poco desde los oí­dos hacia dentro. Mostrar que llegó la democracia y nada ha cambiado, que “nos dieron nuevos caramelos y todo sigue igual”. Como dice el Roli “la democracia seca cerebros igual que un Nintendo y que nada cambie es inmoral”.

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RECUERDOS DE INFANCIA

Los Fiskales son como una masa compacta que se adapta a las situaciones con facilidad. Caen bien: después de un rato todos a su alrededor terminan riendo. Son cuatro personas, cuatro historias, cuatro infancias que tienen puntos comunes y otros distantes.

Álvaro es alegre y tallero cuando está hacia afuera, y reconcentrado y mudo cuando deja la vista fija en un punto indeterminado. El Ví­bora es un poco descuidado y le pide a otro que guarde las llaves de la pieza, porque sabe que a él se le van a perder. El Roli se mantiene un poco más parco, sólo un poco. El Micky es el más joven y se preocupa de andar bien vestido, criterio que depende de los otros tres integrantes del grupo.

Álvaro: “Recuerdo cuando era bien chico que una vez creí­ haber matado a un carpintero que habí­a en mi casa, Yo andaba con una escopeta y llegué y le hice pum-pum y el viejo se cayó por las escaleras para asustarme. Yo pensé que lo habí­a matado y quedé súper traumado y salí­ corriendo, llorando… Cuando chico era siempre como para adentro. Era tí­mido, pensaba en otras cosas”.

Roli: “Me acuerdo de cuando se murió mi papá y jugué a caballito arriba de él, muerto en la cama. No le tornaba mucho el peso a las cosas en ese momento, Estaban mis amigos. Me acuerdo que quedaron horrorizados y después decí­an que yo estaba loco. Antes en el barrio yo era algo así­ como el tonto y después pasé a ser el loco”.

Ví­bora: “De lo que más me acuerdo es del barrio Matadero de Buenos Aires, donde me crié. Los chicos jugando a la pelota. De dí­as de jarana después del colegio. De mis hermanos también me acuerdo mucho y de la muerte de mi viejo, de mi viejo me acuerdo mucho”.

Micky: “Me acuerdo que me echaban de todos los colegios. Llegué de Puerto Rico a los 10 años y aquí­ eran todos muy milicos… También me acuerdo que cuando chico vendí­a las cosas de mi casa para comprarme soldaditos.”

Todos hablan de sí­ mismos y de sus pensamientos con facilidad; basta preguntar cualquier cosa y te responden rápidamente. Están preocupados de decir lo que piensan y parece agradarles que haya alguien que los escuche. No se puede decir con seguridad si son felices o desdichados, pero, por ejemplo, Álvaro no titubea en recordar el momento en que tuvo en sus manos el compact de su grupo, como uno de los más felices de su vida. Ahora se encuentran en un punto importante de su carrera. Tal vez siga estando todo mal, pero hay momentos en que parece estar todo bien.

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