La memoria de Ví­ctor Jara

Ví­ctor Jara

-¿Cómo serí­a Ví­ctor si lo tuviéramos entre nosotros? -¿Serí­a un viejo mago, un admirado profeta, un cantor iluminado? -¿un académico? -¿un burócrata de las artes? -¿un “comunicador”? -¿un agregado cultural? -¿un polí­tico? -¿un productor televisivo? Qué bien nos harí­a esa mirada de Ví­ctor en la tele.

Seguirí­a llenando al paí­s -al mundo- de música, teatro, danza. Seguirí­a inteligente y comprometido con su tiempo. No lo imagino de otro modo.

No tenemos a Ví­ctor Jara, por lo que nunca sabremos qué serí­a de él si hubiese sobrevivido a las balas y a la irracionalidad de ese fatí­dico septiembre.

Vamos cerrando heridas. El juicio sobre la muerte de Ví­ctor ya no hará noticia desde Los Tribunales de Justicia. Su caso hoy es más del ámbito de las estadí­sicas que de los hitos jurí­dicos. Y es natural, hubo tanta muerte en esos dí­as. Cuantos ni siquiera recuperarán los restos de sus seres queridos, nunca. Victor Jara al menos tiene una tumba.

Se le han hecho todo tipo de homenajes, discos de artistas nacionales e internacionales, libros con su música, emotivos documentos audiovisuales, muchas piezas teatrales, miles de canciones en todo el mundo dedicadas a su persona, afiches, poleras, un festival de las artes que lleva su nombre en Chile y muchos otros en el resto del mundo, se ha hablado de una súper producción cinematográfica sobre su vida, existe una Fundación Ví­ctor Jara que desarrolla un trabajo permanente en su memoria…

Todo enumerado pareciera ser mucho y puede llegar a sorprender.

Sin embargo yo me pregunto: -¿Será suficiente? Porque a pesar de tanto homenaje su nombre suena menos familiar a la mayorí­a de los chilenos actuales, que el de Axé Bahí­a, por poner un ejemplo estúpido, dentro de la música popular.

El dí­a que Andrés Pérez -otro que echaremos de menos- dirigió una especie de ceremonia chamánica, plena de color y manifestaciones artí­sticas para exhorcisar el estadio donde se vió a Ví­ctor por última vez con vida, poca gente se enteró. Más bien, fue noticia poco trascendente. A pesar de que vinieron grandes invitados internacionales y se hicieron ceremonias simultáneas en diferentes puntos de la Tierra. Eran los primeros años del retorno a la democracia y tal vez la auto-censura de los medios de comunicación era más acentuada que en nuestra época.

En ese Estadio Chile, que hoy lleva el nombre de Ví­ctor Jara, el poeta creó sus últimos versos, los que se prendieron a la memoria de sus compañeros de cautiverio. Quienes salieron con vida se los llevaron al exilio, palabras que cantamos o leí­mos emocionados mientras constatábamos con dolor y furia que el hermano mayor, el director teatral egresado de la Universidad de Chile, el investigador, el poeta popular, el hijo de Amanda y Manuel, que creció en aquel mismo sector de la ciudad, a cuadras de la Estación Central, ya no estarí­a más con nosotros, porque habí­an tomado su vida, por cantar. -¿Seremos capaces de proyectar claramente al futuro el peso de aquella afirmación?: a este artista joven, valiente, en la cima de su carrera, lo mataron, luego de torturarlo, “por cantar”.

Por estas calles de Santiago del 2002, donde una especie de “hombre nuevo” se desplaza influenciado hasta la médula por la cultura empresarial “micrera”, teñido de furioso amarillo, con el acelerador a fondo, peleándose al pasajero, al cliente, al votante, Ví­ctor parece una memoria difusa.

Para quienes admiramos su imagen y su obra, él está al final de cada avenida, gigante y luminoso. Pero el “hombre nuevo” chileno no lo ve, es muy probable que ni siquiera conozca su nombre.

Yo sostengo que los homenajes póstumos que ha recibido Ví­ctor Jara están lejos de ser suficiente.

Hubiese sido justo y legí­timo que las autoridades entregaran la administración del Estadio Ví­ctor Jara a la fundación que lleva su nombre. Pero pareciera que esa ya es una aspiración sin futuro, según expresa una carta reciente que he leí­do de su viuda, la esforzada y leal coreógrafa Joan Jara.

Algún dí­a el estadio deberá tener una plaza en su frontis y una estatua de Ví­ctor con su guitarra. Para eso será necesario corregir un inconveniente error urbaní­stico y despejar el espacio al frente, demoliendo el feo edificio que lo oculta y le quita la vista hacia la Alameda. Lo natural serí­a que ese estadio estuviera mirando a la Avenida y no arrinconado como ha estado desde sus orí­genes.

Sin embargo, aquello puede demorar sus buenas décadas, ya que la construcción que lo arrincona tiene apenas unos doce años, desde que reemplazó malamente a la original e histórica Galerí­a Edwards -que quedó a mal traer tras el terremoto de 1985. -¿Cómo asumir los millonarios costos que involucrarí­a, principalmente la compra del terreno y toda la remodelación urbana?

Pero superando los costos e inconvenientes estratégicos involucrados, así­ sucederá algún dí­a, porque la presión internacional, la historia, lo exigirán. No tengo duda.

Ahora, es necesario adelantarnos, ser vanguardia -como lo fue Ví­ctor- desarrollando un ante proyecto urbaní­stico, que nos asegure que aquel punto recordará su obra para siempre, para las generaciones futuras, para las visitas extranjeras, para nuestra propia necesidad de recibir su energí­a y seguir imaginando a Chile.

Una primera fase del proyecto debiera contemplar abrir los locales de la galerí­a hacia el callejón que enfrenta el estadio e instalar cafés, algún restaurant, librerí­as, galerí­as de arte, con mesas en el exterior, aprovechando su calidad peatonal.

Para eso es necesario hacer proyecciones de costos que involucren mejorar la iluminación, la seguridad y la reactivación nocturna del sector, plantearse una verdadera remodelación, que lo convierta en el barrio Ví­ctor Jara, a un lado de la estación Ví­ctor Jara del Metro (hoy ULA).

El lugar está a tres cuadras de la Universidad de Santiago, por lo que hablamos de un barrio universitario, que necesita un centro de interacción para jóvenes e intelectuales. -¿Por qué no, si esa era la universidad donde trabajaba Ví­ctor hasta ese septiembre del 73?

-¿Donde están los contemporáneos a Ví­ctor, que en los setenta vibraron con su voz, aquellos que en el exilio sintieron el estremecimiento y la reafirmación irrefutable que una canción podí­a más que muchos discursos?

-¿Dónde están aquellos jóvenes de los setentas y ochentas, incluso en la derecha, que en sus tiempos universitarios tomaron conciencia que haberle quitado la vida a un cantor como Ví­ctor habí­a sido el peor error, la barbarie más insensata de aquellos años enfervorizados?

Es imprescindible hacer todo esto por una razón fundamental y profunda: nunca, pero nunca más en Chile -ni en el mundo- se eliminará a un hermano por cantar, por decir lo que piensa con su voz y su guitarra. Menos a alguien que lo hací­a de manera magistral, uno que recogí­a la esencia, la savia de nuestra identidad como nación y nos la devolví­a hecha canciones, obras teatrales, gestos, miradas de nosotros mismos. Por esa razón son poco los homenajes, por eso debemos luchar para reconstruir la imagen del genio, del artista que nos iluminó y nos sigue iluminando, que nos da prestigio en el mundo, con su voz, con su consecuencia, con su estatura valiente y digna de cantor chileno y universal. Un punto de encuentro para recordarlo, en el lugar donde perdió la vida, es lo mí­nimo.

Escrito por Mario Rojas, cantor chileno
Miércoles, 21 de Agosto del 2002
Fuente: La Ventana

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